La liberación de agua desde la represa Foz do Chapecó aceleró la inundación en Misiones y Corrientes. Con familias evacuadas y pasos fronterizos cerrados, el fenómeno de El Niño vuelve a golpear a un Norte postergado por la falta de obras de contención y previsión regional.
EL SOBERBIO / SANTO TOMÉ. La pesadilla del agua volvió a instalarse con fuerza en las provincias del litoral. La apertura de las compuertas de la central hidroeléctrica brasileña Foz do Chapecó —a raíz de las intensas precipitaciones en la cuenca alta— desbordó el caudal del río Uruguay y encendió las alarmas de máxima emergencia en Misiones y Corrientes.
En localidades como El Soberbio (Misiones), más de 40 familias debieron ser evacuadas de urgencia tras quedar sus viviendas anegadas, mientras que los pasos fronterizos en San Javier, Alba Posse y Alvear tuvieron que ser totalmente suspendidos. En Corrientes, ciudades como Santo Tomé, Paso de los Libres y Monte Caseros ya monitorean el río rozando la cota de alerta.
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Aunque las empresas represoras del vecino país justificaron la descarga en «protocolos de seguridad», la velocidad con la que el excedente hídrico golpea a las poblaciones argentinas expone la histórica indefensión de las provincias fronterizas:
El impacto del clima no es neutro: la falta de una diplomacia ambiental firme y de infraestructura preventiva de fondo vuelve a dejar a los sectores más vulnerables con el agua en la cintura.
Un «El Niño» anunciado y un Estado que corre de atrás
Con una probabilidad casi absoluta de que el fenómeno de El Niño persista durante todo el 2026, la crecida del río Uruguay —sumada al monitoreo crítico sobre el río Iguazú— demuestra que la región enfrenta un período de alto riesgo hidrológico.
Sin embargo, las respuestas estatales continúan siendo meramente paliativas: bolsas de arena, centros de evacuación improvisados y alertas de último momento. Mientras la obra pública nacional permanece paralizada por los recortes del Gobierno central y los ejecutivos provinciales improvisan comités de crisis sobre la marcha, los vecinos del interior litoraleño vuelven a perder lo poco que tienen en cada subida del río.