Quieren quitarle el voto a las mujeres para «salvar la familia»

El mundo parece empeñado en demostrar que la estupidez humana no tiene fronteras ni techos. Mientras en el Chaco discutimos cómo llegar a fin de mes, cómo hacer para que el agua potable sea una realidad y no un slogan de campaña, o cómo reactivar un norte postergado por la desidia de los gobiernos nacional y provincial, en el corazón del «primer mundo» las luces de la ultraderecha proponen directamente volver al siglo XIX.

La última genialidad viene de Estados Unidos. Erika Kirk —viuda del conocido dirigente conservador Charlie Kirk— y un grupo de influencers del movimiento tradwife (esposas tradicionales) salieron a agitar el fantasma del «voto por hogar». ¿Qué significa este invento? Que la mujer deje de votar individualmente y que sea el «jefe de hogar» (el marido, por supuesto) quien emita un único sufragio en representación de toda la familia. Según este delirio místico-político, el feminismo es «la mentira más grande» y hay que rescatar los valores tradicionales… aunque eso implique dinamitar la Constitución.

La comodidad de debatir pavadas desde el aire acondicionado

Lo insólito de estas militantes del medioevo es el argumento: confiesan, sin ponerse coloradas, que como las mujeres suelen votar opciones más progresistas, quitarles el voto garantizaría gobiernos conservadores permanentes. Es decir, si el juego democrático no te da los números que querés, la solución es achicar la cancha y dejar afuera a la mitad de la población. Un pragmatismo autoritario disfrazado de valores cristianos.

Pero no nos equivoquemos mirando solo el mapa del norte. Este fenómeno nos toca de cerca por dos razones fundamentales que los gobiernos locales prefieren ignorar:

  • El fracaso del relato local: Si estas corrientes reaccionarias avanzan y penetran en nuestra sociedad, es porque la política tradicional —tanto el populismo que gobernó años como el actual ensayo de ajuste sin anestesia— ha destruido los lazos sociales. Cuando el Estado fracasa en dar seguridad, educación y futuro, la gente, por desesperación, empieza a comprar recetas del pasado.
  • El falso desarrollo: El verdadero progreso de una provincia como el Chaco no se logra importando debates estériles de las redes sociales yankis ni copiando agendas corporativas. El desarrollo real se mide en autonomía: que una mujer del interior chaqueño tenga acceso a conectividad, a créditos para emprender, a salud digna para sus hijos y a un trabajo que no dependa del puntero político de turno. La verdadera libertad es económica y productiva, no el aislamiento feudal que proponen estas influencers de Texas.

Mientras la militancia de nicho se rasga las vestiduras en Twitter por lo que pasa en San Antonio, la realidad del Chaco profundo sigue esperando políticas de arraigo urgentes. Ni el sometimiento que proponen las corporaciones conservadoras de afuera, ni la administración de la miseria a la que nos tienen acostumbrados adentro. Necesitamos dirigentes con los pies en el barro y la cabeza en el futuro, no en el siglo pasado.