Perú vive horas de máxima tensión política. La segunda vuelta presidencial dejó un escenario de extrema paridad entre la candidata de centroderecha Keiko Fujimori y el postulante de izquierda Roberto Sánchez, en una elección que podría definirse por apenas unos miles de votos.
Con más de 27 millones de ciudadanos habilitados para votar, la jornada electoral transcurrió con normalidad, pero el resultado mantuvo al país en suspenso desde el cierre de los comicios.
Las primeras bocas de urna mostraron una leve ventaja para Fujimori, aunque rápidamente las distintas consultoras comenzaron a registrar un escenario de empate técnico. Posteriormente, los conteos rápidos ubicaron a Sánchez con una ventaja mínima, inferior al medio punto porcentual.
La incertidumbre se trasladó al escrutinio oficial, donde los primeros datos favorecían a Fujimori, aunque con un porcentaje todavía insuficiente para establecer una tendencia definitiva.
Tanto en el comando de campaña de Sánchez como en el de Fujimori predominaron los mensajes de cautela. Ninguno de los candidatos se proclamó ganador y ambos llamaron a esperar el resultado final del conteo oficial.
La elección vuelve a reflejar una profunda división política y social en Perú. De un lado, quienes apuestan por la continuidad de un modelo económico más cercano al mercado; del otro, quienes reclaman cambios estructurales y una mayor intervención del Estado en la economía y las políticas sociales.
Más allá del resultado final, el próximo presidente asumirá con el enorme desafío de gobernar un país polarizado, con fuertes tensiones políticas y una ciudadanía que exige respuestas frente a la inseguridad, la situación económica y la crisis de representación que atraviesa la política peruana desde hace varios años.
Por ahora, la única certeza es que Perú sigue contando voto por voto una elección histórica que mantiene en vilo a toda América Latina.