La jefa de casi todo y el fin de la utopía libertaria: El sistema se fagocitó al «León»

La reciente purga y reorganización del Gabinete nacional tras el escandaloso desplazamiento de Manuel Adorni no representa un nuevo comienzo, sino la capitulación definitiva del relato anticasta con el que Javier Milei llegó al poder. La pátina de disrupción e intransigencia se ha disuelto por completo en los pasillos de Balcarce 50. Lo que emerge hoy es un Gobierno ranciamente tradicional, abrazado al sistema que prometió dinamitar, capitaneado en las sombras por una mesa chica donde Karina Milei se erige formalmente como «El Jefe» de casi todo: desde el control parlamentario y judicial hasta la pauta de medios y el disciplinamiento de los gobernadores.

Detrás del forzado slogan de «¡No hay interna!» propalado por el flamante vocero Adrián Ravier, la realidad describe una feroz guerra de bandas por los resortes del Estado. La foto de la última reunión legislativa —donde Karina Milei empuña el micrófono rodeada por el clan Menem y Diego Santilli, mientras se oculta deliberadamente al asesor Santiago Caputo— funciona como una declaración de guerra interna. El Presidente, martirizado y obsesionado por no contrariar a su hermana, terminó entregando la gestión al PRO porteño más ortodoxo, convirtiendo a Santilli en un ministro coordinador cuya única virtud real, según admiten en la propia Casa Rosada, es su «habilidad para flotar» en medio del barro político.

La farsa de la pureza ideológica libertaria ha muerto. Las candidaturas con las que pretendían renovar el país en 2025 terminaron sepultadas en Comodoro Py por causas de corrupción. Hoy, el oficialismo solo ofrece el reciclaje de la vieja política.

Para las provincias, este nuevo orden no augura un alivio federal, sino una estrategia de sometimiento electoral más sofisticada. El plan de la Casa Rosada para tejer acuerdos de cara a 2027 con mandatarios dóciles —incluido el chaqueño Leandro Zdero— no busca el desarrollo del interior, sino asegurar la supervivencia de un modelo centralista a cambio de migajas presupuestarias. La sumisión de los libertarios outsiders al esquema tradicional demuestra que el León resultó ser un gatito de departamento, domesticado rápidamente por el establishment político y judicial al que simulaba combatir.