La jura de Diego Santilli como jefe de Gabinete en la Casa Rosada no solo consolida el desembarco del PRO en el núcleo duro del gobierno de Javier Milei, sino que ofrece una postal patética del sometimiento político del interior. La confirmación de que 14 gobernadores —entre ellos el mandatario chaqueño Leandro Zdero— asistirán al Salón Blanco para aplaudir el recambio de figuritas del poder central es la prueba irrefutable de un federalismo mendicante, que prefiere convalidar el amiguismo porteño antes que plantarse a defender los recursos de sus provincias.
Que los gobernadores corran a sacarse la foto de familia con el flamante «ministro coordinador» expone la debilidad estructural con la que gestionan. El Chaco, golpeado por la parálisis de la obra pública nacional, la asfixia a sus PyME y un invierno polar sin precedentes, ve a su máxima autoridad viajar a la Capital Federal para legitimar el ascenso de Santilli, un dirigente cuyo único desvelo real es su futura candidatura en la provincia de Buenos Aires. El norte argentino asiste como decorado de piedra en una ceremonia diseñada exclusivamente para calmar las aguas tras el escandaloso e hipercorrupto ciclo de Manuel Adorni.
La presencia de Zdero en la jura de Santilli no es un logro diplomático; es la sumisión de la provincia a las exigencias de un centralismo que ajusta los bolsillos chaqueños mientras reparte cargos y privilegios en Balcarce 50.
El nuevo esquema de poder que diseña Karina Milei junto a los hombres de confianza de Santilli promete «eficiencia», pero solo garantiza la continuidad del mismo modelo de exclusión. Mientras los mandatarios provinciales sonreirán para las cámaras del Salón Blanco fingiendo un «respaldo institucional y consensos», en las rutas y en las escuelas del interior profundo se seguirá sintiendo el peso del abandono. Ir a aplaudir a los que asfixian económicamente a tu propia provincia no es pragmatismo político; es, lisa y llanamente, una claudicación ante los intereses del puerto.